Cada 28 de enero, el Día de la Privacidad de los Datos llega cargado de buenas intenciones. Se revisan políticas, se actualizan textos de consentimiento, se envían circulares internas sobre seguridad y se programa alguna formación exprés. Son pasos necesarios, pero en 2026 se han convertido en el “mínimo vital”. La pregunta incómoda que los equipos directivos ya no pueden evitar es otra:
¿Somos capaces de demostrar que controlamos los datos personales y de mantener la confianza cuando algo sale mal?
No cuando todo va bien, no en las presentaciones de compliance, sino en el peor día: una intrusión, una mala configuración, un error interno, un fallo de un proveedor crítico. Ese momento en el que la privacidad deja de ser un PDF y se convierte en un evento de confianza.
En todo el sector, la tendencia es clara: las organizaciones están pasando de la intención a la evidencia. Reguladores, clientes y tribunales no se conforman ya con políticas bonitas; quieren pruebas concretas de que los datos están bajo control.
Al mismo tiempo, el contexto se ha vuelto más hostil. En 2025 se proyectan más de 28 millones de ciberataques impulsados por IA, con un aumento del 72% respecto al año anterior, y las campañas de phishing automatizadas alcanzan tasas de éxito muy superiores a las tradicionales. La ANTPJI estima que en este año más del 60% de las violaciones de datos estarán relacionadas con la IA y más del 90% quedarán impunes, por tres razones encadenadas:
- La dificultad para identificar al atacante en entornos automatizados y distribuidos.
- El uso transfronterizo de infraestructuras y servicios que diluye jurisdicciones.
- La práctica imposibilidad, en muchos casos, de reconstruir cómo se recopilaron los datos y si el consentimiento fue realmente válido.
Dicho de otro modo: la superficie de ataque crece, la trazabilidad se complica y la narrativa clásica “hemos sido víctimas de un incidente, pero todo está bajo control” cada vez convence menos.
Europa ya lo ha dejado claro: la resiliencia es parte de la privacidad
Si hay una región donde esta evolución es especialmente visible, es Europa. El RGPD fue el gran primer paso, pero hoy convive con nuevas normas como NIS2 y DORA, que elevan el listón en materia de seguridad, continuidad y resiliencia digital.
Más allá del lenguaje jurídico, el mensaje de este trípode normativo es muy directo:
- No basta con decir que proteges los datos, debes demostrar que tienes medidas técnicas y organizativas “adecuadas” para gestionar el acceso y el riesgo.
- Debes proteger de forma especial tus sistemas críticos, como los servicios de directorio, el control de identidades y las cuentas privilegiadas.
- Tienes que saber quién puede acceder a qué y con qué permisos, y registrar de forma diferenciada lo que hacen las cuentas de administrador y de servicio.
NIS2 y DORA, por ejemplo, insisten en el Privileged Access Management (PAM): gestionar, auditar y limitar el uso de cuentas con privilegios elevados, integrando autenticación multifactor, control de sesiones, acceso “just-in-time” y registro exhaustivo. No es una moda tecnológica; es la traducción operativa de una idea jurídica: si no controlas tus llaves maestras, no controlas nada.
Y esto lanza un mensaje clave para el Día de la Privacidad de los Datos:
la preparación real en privacidad no vive en los textos; vive en la capacidad operativa de contención, validación y restauración segura.
IA: la gran amenaza de la privacidad
La inteligencia artificial ocupa ya un lugar central en el debate sobre ciberseguridad y privacidad. Por un lado, promete detectar intrusiones, clasificar riesgos y automatizar respuestas. Por otro, habilita ataques más rápidos, personalizados y difíciles de rastrear.
Algunos datos recientes ayudan a dimensionar el problema:
- Los ciberataques impulsados por IA superarán los 28 millones de incidentes en 2025, con un crecimiento del 72% en un año.
- Las campañas de phishing generadas con IA logran tasas de clic cercanas al 54%, frente al 12% del phishing tradicional.
- Los incidentes con deepfakes han crecido un 680% interanual, con miles de intentos de fraude basados en voces e imágenes sintéticas.
- Grandes actores del sector cifran en más de 8.000 las brechas de datos en la primera mitad de 2025, con cientos de millones de registros expuestos.
Si la ANTPJI advierte que el 60% de las brechas tendrán relación con la IA y el 90% quedarán sin autor identificado, no es una exageración: es la consecuencia directa de un entorno donde la automatización permite atacar a escala, con infraestructuras deslocalizadas y técnicas de evasión sofisticadas.
Para la privacidad, esto supone tres retos:
- Riesgo de recogida masiva y opaca de datos, a través de scraping automatizado, integración de fuentes y perfiles hipersegmentados.
- Dificultad para documentar el consentimiento y el ciclo de vida del dato cuando se alimentan modelos, se reusan conjuntos de datos o se comparten con terceros.
- Complejidad en la atribución, lo que obstaculiza la respuesta jurídica, la reclamación de responsabilidades y la disuasión.
Aquí el discurso de “cumplimos el RGPD” se queda corto. La pregunta real es:
¿somos capaces de reconstruir qué datos se han usado para entrenar, con qué base legal y con qué salvaguardas? Si la respuesta es no, la organización está conduciendo a ciegas.
Cada vez más voces de la industria defienden una idea que hace unos años sonaba provocadora: la resiliencia es parte de la privacidad. Es decir, no sólo importa que nadie acceda indebidamente a los datos, sino cómo reaccionas cuando eso ocurre.
Informes recientes sobre Data Privacy Day subrayan que:
- Muchas organizaciones siguen fallando en cuestiones básicas como notificar a tiempo (por ejemplo, el plazo de 72 horas del RGPD), porque no tienen procesos de respuesta probados.
- La falta de inventarios completos de datos personales impide contener brechas, responder a derechos de los interesados o explicar a un regulador qué ha pasado exactamente.
- Los procesos de respaldo y recuperación muchas veces se gestionan sólo como continuidad de negocio, sin medir su impacto en la privacidad (por ejemplo, reintroducir datos que debían estar borrados o restaurar entornos inseguros).
La visión más avanzada entiende las copias de seguridad, los entornos aislados de recuperación y las pruebas de restauración como controles de privacidad, no como mera infraestructura técnica. ¿Por qué?
- Determinan cuánto tiempo persisten los datos personales en sistemas de backup y si se respeta el principio de minimización.
- Influyen en si, tras un incidente, se restauran registros que ya deberían haber sido rectificados o suprimidos.
- Condicionan tu capacidad de limitar el “radio de explosión” de una brecha y de demostrar diligencia ante un regulador.
En palabras de un responsable de cumplimiento en el sector financiero, si no puedes evidenciar quién accedió a qué, cuándo y cómo lo recuperaste, la privacidad es aspiracional, no operativa.
Tres preguntas para directivos en el Día de la Privacidad de los Datos
Más allá de la terminología técnica, cualquier comité de dirección podría dedicar este 28 de enero a responder, con honestidad, tres preguntas muy simples:
- ¿Sabemos realmente dónde están nuestros datos personales?
No de forma genérica (“en nuestros sistemas corporativos”), sino con un inventario vivo: aplicaciones, bases de datos, entornos de análisis, backups, nubes públicas y privadas, proveedores.
Sin ese mapa:
- Es difícil cumplir derechos de acceso, rectificación o supresión.
- Es casi imposible contener eficientemente una brecha.
- Cualquier auditoría se convierte en una carrera por localizar “trozos” de información dispersa.
- ¿Podemos demostrar quién tiene acceso a qué y con qué controles?
Aquí confluyen RGPD, NIS2 y DORA. Los reguladores quieren ver:
- Políticas de mínimo privilegio: nadie con más acceso del estrictamente necesario.
- Soluciones de PAM y MFA robustas para cuentas privilegiadas y de servicio.
- Registros claros, centralizados y auditables de las acciones de esas cuentas.
Si la respuesta es “lo llevamos en Excel” o “cada equipo tiene su propia forma de hacerlo”, la organización está expuesta.
- ¿Hemos probado de verdad nuestra capacidad de recuperación?
No basta con tener un plan de respuesta a incidentes; hay que ensayarlo.
- Simulacros de brecha: ¿sabemos a quién llamar, qué sistemas aislar, ¿cómo comunicar?
- Pruebas de restauración: ¿podemos recuperar datos con integridad y sin reintroducir malware?
- Decisiones bajo presión: ¿qué se comunica a clientes y reguladores, con qué evidencias?
Al final, lo que distingue a las organizaciones que salen reforzadas de un incidente no es que no sufran ataques (eso es ilusorio), sino cómo gestionan el peor día.
Cuando hablamos de datos personales, cada incidente se convierte en un evento de confianza. No sólo cuentan las sanciones o las demandas; cuenta la percepción que clientes, empleados, socios y ciudadanía tienen de la organización.
En 2026, Data Privacy Day llega en un momento en el que:
- La identidad digital de cada persona se ha convertido en su patrimonio más sensible.
- Las brechas de datos ya no son “filtraciones” abstractas, sino historias de suplantación, fraude, extorsión o manipulación de reputación.
- Las decisiones sobre IA, datos y resiliencia impactan directamente en la sensación de seguridad o vulnerabilidad de millones de usuarios.
Por eso, la narrativa interna debería cambiar: la privacidad no es un asunto del DPO o del equipo de legal, sino un pilar de reputación, negocio y ética corporativa.
¿Qué significa “tomarse en serio” el Día de la Privacidad de los Datos?
Para quienes trabajan en derecho, tecnología, ciberseguridad, peritaje, empresa o administración pública, este 28 de enero puede ser un simple trámite… o una oportunidad para marcar un antes y un después. Algunas ideas concretas:
- Revisar no sólo políticas, sino controles reales: accesos, registros, backups, pruebas de recuperación.
- Evaluar el impacto de la IA en los procesos que usan datos personales: ¿qué modelos usamos?, ¿con qué datos los entrenamos?, ¿qué documentamos?
- Incorporar desde ya el lenguaje de NIS2 y DORA en los cuadros de mando de riesgos: privilegios, MFA, PAM, resiliencia.
- Integrar a los peritos y expertos forenses en la planificación, no sólo en la respuesta; son quienes luego tendrán que explicar qué pasó ante un juez.
- Y, sobre todo, asumir una idea sencilla: si no puedes demostrarlo, no lo controlas.
En definitiva, la privacidad de los datos en 2026 ya no se mide por el grosor del manual de cumplimiento, sino por la capacidad de una organización para responder cuando algo falla: contener el daño, recuperar con limpieza, explicar con transparencia y aprender de cada incidente.
El Día de la Privacidad de los Datos no debería ser sólo un recordatorio anual, sino un espejo. La pregunta no es si celebramos la fecha, sino si, cuando llegue el próximo 28 de enero, podremos mirarnos en ese espejo y decir, sin sonrojarnos, que nuestros programas de privacidad han pasado del papel a la realidad.
