viernes, agosto 29, 2025
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Huawei, España y el vasallaje digital: ¿aliado o súbdito de Washington?

David.arcos
David.arcos
Perito Informático Judicial
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El ultimátum que desnuda a España: Lo que ha ocurrido con el contrato del Ministerio del Interior y Huawei debería escandalizar a cualquiera que aún crea en la idea de soberanía nacional. Estados Unidos ha dado un ultimátum: o rescindimos el contrato de 12,3 millones de euros con la empresa china, o nos cortan el acceso a inteligencia compartida.

Así, sin matices ni diplomacia, no hablamos de un contrato cualquiera, sino de un sistema destinado a almacenar grabaciones de escuchas realizadas por las fuerzas de seguridad españolas. En otras palabras: la gestión de información ultrasensible de nuestro Estado.

Washington sostiene que Huawei es un caballo de Troya del Partido Comunista Chino, capaz de abrir puertas traseras y filtrar datos. La amenaza va más allá de lo tecnológico: si España no obedece, la relación estratégica con EE.UU. se resentirá, afectando desde la lucha antiterrorista hasta la coordinación en las bases de Rota y Morón. El mensaje es demoledor: si no obedeces, no confío en ti como aliado.

La reacción española ha sido un espectáculo de improvisación. El Gobierno asegura que el sistema adjudicado estaba “aislado” y que no suponía riesgo de filtración. Pero acto seguido, ante la presión norteamericana, cancela otro contrato que iba a dotar a Defensa de equipos Huawei a través de Telefónica y Red.es.

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Lo irónico es que mientras el Ejecutivo recula, Telefónica juega en paralelo: renueva contratos con Huawei hasta 2030 para servicios minoristas, pero adjudica a Nokia el núcleo 5G destinado a empresas y organismos públicos. Una doble jugada que intenta contentar a todos y que, en la práctica, no contenta a nadie.

España se exhibe, así como lo que es: un país sin estrategia tecnológica propia, que recula, improvisa y trata de complacer a los dos gigantes en pugna, China y Estados Unidos, sin un plan claro.

El argumento central de Washington es que Huawei representa un riesgo de seguridad nacional porque está sometida a la Ley de Inteligencia Nacional de China. Es cierto: cualquier empresa china podría estar obligada a colaborar con los servicios de inteligencia de Pekín.

Pero aquí surge la gran hipocresía: ¿qué empresa estadounidense no colabora con la NSA?

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Las revelaciones de Edward Snowden en 2013 demostraron que la NSA pinchó cables submarinos, espió a líderes europeos —incluida Angela Merkel— y recolectó datos masivos de millones de ciudadanos a través de gigantes como Google, Microsoft o Facebook.

Cuando Washington señala a Huawei, el dedo tembloroso oculta una verdad incómoda: Estados Unidos también espía, lo ha hecho y lo seguirá haciendo. La diferencia es que lo justifican en nombre de la seguridad occidental.

Alemania, Francia, Reino Unido… y la incoherencia española

Mientras tanto, Europa se divide. Alemania ha decidido prohibir totalmente los equipos de Huawei en sus redes críticas. El Reino Unido, tras el Brexit, hizo lo mismo. Francia limita su uso con restricciones severas.

¿Y España? España opta por la incoherencia calculada: ni prohíbe ni permite del todo, recula en contratos públicos, pero permite contratos privados. Huawei sigue presente en parte de la infraestructura nacional, pero siempre con la espada de Damocles del próximo ultimátum norteamericano.

El resultado es un país que proyecta debilidad. Ni soberanía ni pragmatismo: solo confusión.

Huawei no es el problema. Huawei es el pretexto. El verdadero trasfondo es la nueva Guerra Fría tecnológica.

China y EE.UU. compiten por dominar los sectores estratégicos del siglo XXI:

  • 5G y 6G: redes de comunicación ultrarrápidas.
  • Inteligencia artificial: sistemas que decidirán sobre economía, guerra y seguridad.
  • Semiconductores: el petróleo del siglo XXI.
  • Computación cuántica: la próxima frontera del poder computacional.

Huawei es la punta de lanza de China en esta carrera. Y cada contrato en Europa es una victoria simbólica para Pekín y una derrota para Washington.

Por eso Trump lanza ultimátums, por eso la UE recomienda reducir la exposición a Huawei y por eso España se convierte en un tablero de ajedrez geopolítico.

El punto más preocupante no es Huawei. Es la lógica que subyace en el ultimátum norteamericano: Estados Unidos no confía en España como socio de inteligencia si usamos tecnología china.

Traducido: puedes ser miembro de la OTAN, puedes albergar bases militares, pero si compras routers chinos, te trato como a un socio de segunda.

No es cooperación. Es chantaje. Un chantaje que revela cómo Washington concibe la alianza atlántica: como una red de países subordinados que deben alinear su política tecnológica con la Casa Blanca, o asumir el precio de la exclusión. Esto es vasallaje digital.

La Unión Europea lleva años hablando de “soberanía digital”. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ha repetido hasta la saciedad que Europa debe ser “dueña de su destino tecnológico”. Pero a la hora de la verdad, Europa sigue dependiendo de dos polos: EE.UU. para seguridad y software, y Asia (China, Taiwán, Corea) para hardware y semiconductores.

El caso Huawei muestra la incoherencia de este discurso. España, como miembro de la UE, no se atreve a marcar una línea propia. Ni prohíbe como Alemania, ni desafía como Hungría, ni crea alternativas propias. Simplemente cede cuando EE.UU. aprieta y mientras tanto deja que sus telecos hagan negocios con Huawei en paralelo.

Europa se ha convertido en un espectador de lujo de la Guerra Fría tecnológica. Y España, en un alumno obediente que se limita a copiar lo que dicta Washington.

Defensores de Huawei sostienen que la empresa ofrece equipos más baratos y eficientes que sus rivales europeos o estadounidenses. Y es cierto. El 5G de Huawei ha demostrado ventajas en despliegue y coste frente a Nokia o Ericsson.

Pero en seguridad nacional no basta con la eficiencia económica. El riesgo no está en que Huawei falle hoy, sino en que mañana China pueda tener una palanca de control sobre nuestra infraestructura.

El problema es que España nunca ha querido dar este debate en serio. Se limita a improvisar, a actuar cuando llega la presión norteamericana, en lugar de definir una estrategia propia que equilibre economía, seguridad y soberanía.

El mundo observa. Y el mensaje que proyecta España es el de un país que no se manda solo. Que espera a que Washington marque la línea roja para decidir si un contrato es válido o no.

La consecuencia es clara: falta de credibilidad internacional. España no es vista como un actor tecnológico relevante, sino como un territorio secundario donde se juega una partida que otros deciden.

El dilema es brutal pero simple:

  • Si España cede, reafirma que es un súbdito obediente de Washington. Ganará acceso a inteligencia, pero perderá autonomía.
  • Si España resiste, arriesga su relación con EE.UU., pero al menos afirmará un gesto mínimo de soberanía.

El problema es que ni siquiera estamos debatiendo en serio esa decisión. El Gobierno calla, la oposición aprovecha para desgastar, y las telecos hacen equilibrios entre contratos chinos y compromisos europeos.

Lo que está en juego no es Huawei. Lo que está en juego es si España quiere ser un país con soberanía digital o un súbdito agradecido de Washington.

Por ahora, ya hemos elegido: obediencia. Y lo más trágico es que lo hemos hecho sin resistencia, sin debate y sin dignidad.

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