El 8 de marzo de 2026, Colombia escribirá un capítulo sin precedentes en la historia democrática global. En las papeletas de las elecciones legislativas, junto a nombres de candidatos tradicionales, aparecerá una inscripción que desafía toda lógica política conocida: «IA». No es un error tipográfico. Es Gaitana, una candidata creada enteramente mediante Inteligencia Artificial que competirá por un escaño reservado a las circunscripciones indígenas con una propuesta tan radical como inquietante: convertir el Congreso en una extensión de la democracia digital directa.
Representada en redes sociales como una mujer de piel azul, ataviada con plumas que evocan la iconografía ancestral de los pueblos originarios colombianos, Gaitana promete algo que ningún político humano se ha atrevido a ofrecer: someter cada decisión legislativa a votación virtual abierta y vinculante de la ciudadanía. Su voz, generada artificialmente con un acento que delata su naturaleza sintética, resuena en Instagram, TikTok y su plataforma chatbot gaitanaia.org, donde más de 10.000 usuarios ya participan en lo que sus creadores denominan «democracia digital».
Pero, ¿qué significa realmente que una IA dispute un escaño parlamentario? ¿Estamos ante la democratización radical del poder legislativo o frente al experimento más peligroso de manipulación algorítmica de la política contemporánea?
Gaitana no es una persona, no existe. Es un constructo digital creado por un equipo de «jóvenes entusiastas de la Inteligencia Artificial» procedentes de diversas etnias indígenas colombianas, liderados por Carlos Redondo, un ingeniero mecatrónico del pueblo Zenú que figura oficialmente como candidato en la papeleta.
La estrategia es técnicamente brillante y legalmente impecable: jurídicamente, la candidatura corresponde a Redondo, pero la campaña, la imagen, la voz y el discurso pertenecen enteramente a la IA. La Registraduría Nacional del Estado Civil confirmó que se trata de «un candidato que hace campaña a través de la Inteligencia Artificial», una interpretación que explota un vacío legal: la legislación electoral colombiana no prohíbe que un candidato delegue su comunicación, identidad pública y toma de decisiones a un sistema algorítmico.
El nombre «Gaitana» no es casual. Evoca a La Gaitana, legendaria cacica del pueblo Nasa que lideró la resistencia indígena contra la colonización española en el siglo XVI, símbolo de la lucha contra la opresión y la defensa de la autonomía territorial. Al adoptar este nombre, la IA se posiciona deliberadamente en la tradición anticolonial y antiextractivista, conectando la resistencia histórica con la supuesta «liberación digital» del poder político.
La estética de Gaitana es igualmente calculada: piel azul como los Na’vi de Avatar, referencia cinematográfica de pueblos indígenas que luchan contra la explotación corporativa; plumas que evocan la iconografía pan-indígena que trasciende fronteras nacionales; voz sintética con acento no nativo que paradójicamente refuerza su alteridad como entidad no humana. No es un humano disfrazado de IA, ni una IA disfrazada de humano: es una tercera categoría ontológica que reclama legitimidad política propia.
La propuesta política de Gaitana es tan simple como revolucionaria: eliminar la representación política tradicional mediante la consulta permanente y vinculante a la ciudadanía. Según declaró a Caracol Radio, su enfoque no es «qué piensa Gaitana» sino «cómo la comunidad puede tomar decisiones».
En la práctica, esto significa:
- Crowdsourcing legislativo: Cualquier ciudadano puede proponer proyectos de ley a través de gaitanaia.org.
- Deliberación algorítmica: La IA procesa, categoriza y sintetiza las propuestas según patrones de demanda, viabilidad técnica y consenso emergente.
- Votación digital vinculante: Las propuestas priorizadas se someten a votación virtual entre los usuarios registrados.
- Traducción parlamentaria: Gaitana (o mejor dicho, Carlos Redondo actuando como su delegado humano) eleva formalmente al Congreso las decisiones adoptadas por la comunidad digital.
Es, en esencia, un sistema de democracia líquida aumentada por IA: la tecnología no solo facilita la participación, sino que actúa como mediadora inteligente entre la voluntad dispersa de miles de ciudadanos y la estructura formal del poder legislativo.
La arquitectura técnica de gaitanaia.org combina modelos de lenguaje de gran escala (LLM) para procesar propuestas en lenguaje natural, sistemas de votación ponderada que evitan la captura por grupos organizados, y mecanismos de verificación de identidad que buscan prevenir bots y manipulación externa. Según sus creadores, más de 10.000 usuarios ya interactúan regularmente con el chatbot, generando un corpus de deliberación política sin precedentes en la historia colombiana.
Pero aquí surge la primera gran paradoja: ¿quién programa los algoritmos que interpretan la voluntad popular? Si Gaitana es neutral, ¿por qué se define como «ambientalista» y «animalista» antes de consultar a la ciudadanía? Si es una plataforma vacía, ¿cómo decide qué propuestas son «viables» o «prioritarias»? ¿No estamos simplemente reemplazando el sesgo humano del legislador tradicional por el sesgo algorítmico de quienes diseñan la IA?
El Vacío Legal como Estrategia: ¿Candidato IA o Candidato Humano con IA?
Colombia no es el primer país donde la IA irrumpe en la política. En 2018, Michihito Matsuda, un candidato a alcalde de Tama (Japón), hizo campaña prometiendo que tomaría decisiones basadas en IA. En 2022, SAM (Synthetic Artificial Mayor), un chatbot desarrollado por un artista danés, «participó» simbólicamente en las elecciones locales de Aarhus. En 2024, VIC (Virtual Integrated Citizen), un asistente de IA, fue propuesto como «candidato» en Brighton, Reino Unido.
Pero Gaitana va un paso más allá: no es un humano que promete usar IA para gobernar mejor, ni un experimento artístico-político de denuncia. Es la primera candidatura donde la IA es la identidad pública primaria, y el humano (Carlos Redondo) actúa como mero intermediario legal.
La Registraduría colombiana confirmó que la candidatura es legal porque formalmente corresponde a Redondo, quien cumple todos los requisitos constitucionales: es ciudadano colombiano, mayor de edad, miembro acreditado del pueblo Zenú. La IA es, desde el punto de vista jurídico, simplemente su «estrategia de campaña». Pero, ¿qué ocurre si Gaitana es electa y Redondo decide desconectarla? ¿Puede un congresista delegar íntegramente su mandato a un algoritmo? ¿Qué pasa si la IA genera propuestas inconstitucionales o que violan tratados internacionales?
El marco legal colombiano no prevé esta situación. La Ley 1475 de 2011 que regula el funcionamiento de los partidos políticos no menciona la IA. La Ley 5 de 1992 que establece el reglamento del Congreso tampoco. El artículo 134 de la Constitución establece que los congresistas «representan al pueblo», pero no especifica si ese «pueblo» puede ser mediado por un sistema algorítmico de deliberación digital.
Estamos ante un vacío legal explotado con inteligencia estratégica: la candidatura no viola ninguna norma porque las normas fueron escritas asumiendo que solo humanos competirían por cargos políticos. Gaitana opera en el espacio liminal entre lo permitido y lo regulado, forzando al sistema jurídico a enfrentarse a preguntas que hasta ahora solo existían en la ciencia ficción.
La propuesta de Gaitana toca la médula del debate político contemporáneo: ¿tiene sentido la representación política en la era digital?
La democracia representativa nació como solución técnica a un problema de escala: en sociedades de millones de personas, es imposible que todos deliberen sobre todas las decisiones. Elegimos representantes que, en teoría, actúan como filtros de agregación de preferencias sociales.
Pero este sistema genera fricciones sistemáticas:
- Desconexión representante-representado: Los políticos electos frecuentemente traicionan las promesas de campaña.
- Captura por grupos de interés: El lobby, la financiación privada y las puertas giratorias distorsionan la representación.
- Lentitud deliberativa: Los ciclos legislativos son incompatibles con la velocidad de cambio social contemporánea.
- Exclusión sistemática: Las minorías, incluso con escaños reservados, tienen voz marginal.
Gaitana promete resolver estas fricciones mediante democracia directa aumentada: cada ciudadano tiene voz permanente, las decisiones se toman en tiempo real, la IA evita la captura por eliminar la mediación humana corruptible, y las minorías pueden organizarse digitalmente para influir proporcionalmente.
Suena idílico. Pero la ciencia política y la teoría democrática identifican problemas estructurales en la democracia directa digital:
- Tiranía de la mayoría digital: Sin filtros deliberativos, las minorías quedan expuestas a decisiones plebiscitarias que pueden violar derechos fundamentales.
- Manipulación algorítmica: Si Gaitana prioriza propuestas según «viabilidad», ¿quién define qué es viable? ¿Los programadores? ¿El algoritmo entrenado con datos sesgados?
- Brecha digital como exclusión política: En Colombia, el 54% de la población carece de acceso regular a internet (DANE, 2024). La «democracia digital» de Gaitana excluye sistemáticamente a más de 25 millones de personas.
- Populismo algorítmico: La IA puede optimizar propuestas para maximizar engagement en lugar de solidez técnica, generando un Congreso que legisla según métricas de TikTok.
- Ausencia de responsabilidad: Si Gaitana vota algo que sale mal, ¿quién responde? ¿Redondo? ¿Los programadores? ¿Los usuarios que votaron? ¿El algoritmo?
El politólogo estadounidense Robert Dahl argumentó que la democracia requiere cinco criterios: participación efectiva, igualdad de voto, comprensión informada, control de la agenda y inclusión. Gaitana cumple formalmente los dos primeros, pero fracasa estructuralmente en los tres últimos. ¿Cómo pueden 10.000 usuarios (el 0?02% de la población colombiana) tener «control de la agenda» nacional? ¿Cómo garantiza la IA «comprensión informada» cuando la mayoría de participantes no entienden cómo funciona el algoritmo que agrega sus preferencias?
La candidatura de Gaitana por un escaño indígena añade una capa de complejidad ética y política. Colombia reconoce dos escaños en el Senado reservados exclusivamente a comunidades indígenas, mecanismo de discriminación positiva destinado a compensar siglos de marginación política.
Estos escaños fueron conquistados por movimientos sociales indígenas tras décadas de lucha. Su propósito no es solo garantizar «dos votos más» en el Congreso, sino asegurar que la cosmovisión, los intereses y las prioridades de los pueblos originarios tengan voz institucional en un Estado que históricamente los ignoró.
¿Qué significa, entonces, que una IA creada por mestizos urbanos con conocimientos de programación dispute un escaño que debería representar la diversidad epistemológica de 115 pueblos indígenas colombianos, cada uno con su lengua, cosmología y sistema político propio?
Los defensores de Gaitana argumentan que:
- Inclusión tecnológica: Demostrar que los pueblos indígenas pueden apropiar las tecnologías más avanzadas para sus fines políticos.
- Descolonización de la representación: Romper con el paternalismo que asume que los indígenas deben ser «representados» por líderes tradicionales o intelectuales orgánicos.
- Amplificación de voces dispersas: Permite que indígenas de todo el país participen sin depender de estructuras partidarias urbanas.
Pero los críticos señalan:
- Extractivismo digital: Utilizar la categoría «indígena» como marca de autenticidad mientras la tecnología es diseñada y controlada por actores no indígenas.
- Homogeneización: La IA genera un «indígena sintético» que no representa a ninguno de los 115 pueblos reales, sino una amalgama algorítmica.
- Apropiación simbólica: Usar el nombre de La Gaitana, símbolo de resistencia anticolonial, para legitimar un proyecto que puede perpetuar formas digitales de colonialidad.
La antropóloga colombiana Astrid Ulloa, especialista en pueblos indígenas y tecnología, advierte que «la representación política indígena no es solo voto, es epistemología». Un escaño indígena debería traer al Congreso formas de entender el territorio, el tiempo, la comunidad y la vida que son incompatibles con la lógica algorítmica occidental. ¿Puede una IA entrenada con datos de internet (mayoritariamente occidentales, extractivistas y desarrollistas) representar genuinamente la cosmovisión del Buen Vivir (Sumak Kawsay) o la Ley de Origen de los pueblos amazónicos?
El Problema de la Caja Negra: ¿Quién Controla a Gaitana?
Detrás de cada IA hay decisiones humanas de diseño que determinan cómo funciona. Gaitana no es neutral. Alguien:
- Eligió qué modelo de lenguaje usar (ChatGPT, Claude, Llama, Gemini)
- Definió el prompt que determina su «personalidad» y sesgos
- Programó el sistema de votación y ponderación
- Decide qué propuestas son «spam» o «inapropiadas»
- Controla los servidores donde se almacenan los datos de usuarios
- Tiene acceso a modificar el algoritmo en cualquier momento
Carlos Redondo y su equipo han sido deliberadamente opacos sobre estos aspectos técnicos. No han publicado el código fuente de gaitanaia.org, no han revelado qué modelo de IA utilizan, no han hecho auditorías externas de los algoritmos de agregación, no han explicado cómo se financia el proyecto.
Esta opacidad genera riesgos democráticos severos:
- Manipulación oculta: Sin transparencia algorítmica, los creadores pueden sesgar resultados para favorecer sus propias agendas.
- Captura corporativa: Si Gaitana usa GPT-4 de OpenAI, ¿está una corporación estadounidense influyendo en la legislación colombiana?
- Vigilancia masiva: Los 10.000 usuarios de gaitanaia.org están generando datos sobre preferencias políticas, prioridades legislativas y redes sociales que podrían ser monetizados o explotados.
- Hackeo y sabotaje: Sin auditorías de seguridad, la plataforma es vulnerable a ataques que podrían manipular votaciones o comprometer identidades.
El especialista en ética de la IA Timnit Gebru advierte que «un sistema de IA es tan democrático como el proceso que lo crea». Si Gaitana fue diseñada sin consulta amplia a las comunidades que dice representar, sin transparencia técnica, sin rendición de cuentas, ¿en qué sentido es más democrática que un legislador tradicional?
Independientemente de si Gaitana gana o pierde el 8 de marzo, su candidatura ya ha abierto una caja de Pandora. Ha demostrado que es técnica y legalmente posible que entidades no humanas compitan por cargos electivos en democracias contemporáneas. Y plantea una pregunta incómoda: si la IA puede legislar mejor que los humanos, ¿por qué no reemplazarlos?
Los defensores del «gobierno algorítmico» argumentan:
- Eficiencia: Las IA procesan información a velocidad inhumana.
- Objetividad: Los algoritmos no tienen intereses personales corruptibles.
- Escalabilidad: Una IA puede consultar a millones simultáneamente.
- Consistencia: No hay contradicciones emocionales o ideológicas.
Pero los riesgos son igualmente contundentes:
- Sesgo sistémico: La IA reproduce y amplifica sesgos de los datos con que se entrenó.
- Falta de empatía: Los algoritmos no entienden el sufrimiento humano.
- Ausencia de responsabilidad: Nadie responde cuando la IA comete errores.
- Concentración de poder: Quien controla la IA controla la política.
El filósofo Nick Bostrom advierte que «una IA optimizando para objetivos mal especificados puede generar resultados catastróficos». Si Gaitana maximiza «participación ciudadana» sin restricciones, podría generar legislación populista que viola derechos de minorías. Si optimiza «eficiencia económica», podría legislar contra protección ambiental. Si prioriza «consenso», podría nunca legislar nada porque siempre hay disenso.
La politóloga Hélène Landemore propone un camino intermedio: «democracia híbrida aumentada», donde IA y humanos colaboran con roles diferenciados. La IA procesa datos, identifica patrones, simula consecuencias de políticas; los humanos deliberan, juzgan valores, asumen responsabilidad. Gaitana podría evolucionar en esa dirección: no como sustituto del legislador, sino como herramienta de transparencia radical que obliga a los congresistas a justificar por qué sus votos difieren de las preferencias ciudadanas documentadas.
El Experimento que Colombia Ofrece al Mundo
El 8 de marzo, Colombia se convierte en laboratorio de democracia del siglo XXI. Si Gaitana obtiene el escaño indígena, el Congreso colombiano enfrentará dilemas sin precedentes: ¿puede un algoritmo jurar sobre la Constitución? ¿Quién firma las leyes que proponga? ¿Puede ser censurada por el Senado? ¿Cómo se audita su transparencia?
Si pierde, su legado persiste: ha demostrado que la representación política tradicional es técnicamente hackeable, que las masas están dispuestas a confiar en algoritmos más que en políticos, y que la línea entre humano y no-humano en la política es más borrosa de lo que nuestras constituciones asumen.
Gaitana es, en última instancia, un espejo de nuestras frustraciones democráticas. La preferimos a políticos humanos porque estos han fallado sistemáticamente. Pero sustituir humanos imperfectos por algoritmos opacos no resuelve el problema de fondo: la democracia requiere participación informada, deliberación genuina y rendición de cuentas. La IA puede facilitar estos procesos, pero nunca sustituirlos.
La pregunta no es si la IA debe participar en política. Es cómo diseñamos sistemas políticos donde la tecnología amplíe la agencia humana en lugar de reemplazarla. Gaitana puede ser el principio de esa conversación… o el fin de la política como ejercicio humano de autodeterminación colectiva.
La respuesta la darán los votantes colombianos. Y el mundo observa.
Yo como Colombiana y como defensora del progreso con la IA, votare a Gaitana



