Cuando la campaña ya no empieza en un mitin, sino en tu feed
No hubo pancartas, ni mítines, ni debates televisados. La ofensiva empezó en silencio, en la parte más íntima y desprotegida de la democracia del siglo XXI: tu timeline.
A unos, les llegó en forma de vídeo aparentemente espontáneo: “¿Os pasa que en Aragón todo tarda más de la cuenta?”. A otros, como un hilo indignado sobre listas de espera, alquileres imposibles y un presidente “que no actúa”. Nadie firmaba como partido. Nadie marcaba “contenido patrocinado”.
Detrás de esa supuesta autenticidad había un Excel. Tarifa plana: un euro por seguidor. Objetivo: erosionar la imagen de Jorge Azcón en plena campaña autonómica. Arquitectos: una estructura digital que algunos ya llaman, con sorna amarga, la ciberfontanería del PSOE.
No es ciencia ficción, es la nueva normalidad de la política conectada. Y si no te incomoda, quizá no has entendido el alcance del problema.
De los mítines a los microinfluencers: anatomía de una campaña invisible
Durante décadas, la campaña electoral era visible: carteles, entrevistas, debates, mítines. Sabías quién te hablaba y desde dónde. Hoy, la mitad del combate se libra en un terreno mucho más resbaladizo: contenidos “orgánicos” que parecen opiniones personales, pero responden a guiones meticulosamente escritos.
En el caso que nos ocupa, la táctica habría sido clara:
- Seleccionar perfiles medios, con entre 5.000 y 30.000 seguidores, lo bastante grandes para influir, lo bastante pequeños para parecer “gente normal”.
- Ofrecer dinero en privado: hasta 3.000 euros a algunos creadores; a otros, un euro por cada seguidor que tuvieran. Tarificación directa de la influencia.
- Entregar un manual de instrucciones disfrazado de “orientaciones”:
- Tonos: denuncia, humor ácido, ironía.
- Mensaje: “Azcón no actúa”, pero sin nombrar siglas ni pedir voto explícito.
- Guion emocional: frustraciones reconocibles (sanidad que no responde, alquileres que suben, una Aragón “en pausa”).
- Consigna central: “el influencer no acusa, constata”.
La clave no era solo qué decir, sino cómo decirlo: sin etiquetas de colaboración, sin transparencia, sin que el usuario pudiera saber qué parte era convicción y qué parte era contrato.
No estamos ante un community manager afinando un slogan. Estamos ante algo mucho más sofisticado: microsegmentación emocional subcontratada a creadores que venden, junto con su alcance, su credibilidad personal.
Los ciberfontaneros: ingeniería oculta del relato
El término “fontanero” político nació para describir a quienes hacen el trabajo sucio en la sombra: operaciones internas, maniobras discretas, control de daños. En la era digital, ese rol se ha actualizado con un prefijo inevitable: “ciber”.
El ciberfontanero del siglo XXI no pega carteles, no reparte sobres y casi nunca da la cara. Diseña flujos de contenido y “permea” redes sociales con mensajes aparentemente dispersos, pero estratégicamente alineados.
Su trabajo se apoya en tres pilares técnicos:
- Datos
- Análisis de qué preocupa a cada franja de edad, zona y burbuja ideológica.
- Monitoreo de hashtags, tendencias, conversación local.
- Narrativas moldeables
- Mensajes diseñados para entrar por la vía de la experiencia cotidiana: “llevo tiempo pensando esto…”, “no creo ser la única que…”.
- Repetición modulada: no es el mismo texto, pero sí el mismo marco mental.
- Intermediarios de confianza
- Influencers locales, medios digitales pequeños, creadores con imagen de independencia.
- Tarifa directa por impacto: un euro por seguidor es, en realidad, un precio por credibilidad alquilada.
Todo ello bajo una condición clave: que no se note. Que nadie pueda asociar ese contenido a una operación organizada. Que la duda sobre la autoría sea, de facto, parte del plan.
¿Dónde está exactamente la frontera entre una colaboración legítima y una manipulación? No es una pregunta cómoda, pero debemos hacerla.
Que los partidos paguen por publicidad segmentada no es nuevo. Que encarguen campañas a agencias especializadas tampoco. La diferencia aquí está en el intento explícito de diluir la naturaleza publicitaria del mensaje:
- Se evita la etiqueta de “colaboración pagada”.
- Se exige que el contenido parezca brotar de la experiencia personal del creador.
- Se pide que las críticas no suenen a consigna, sino a “constatación”.
La plataforma muestra a un joven zaragozano quejándose de las listas de espera o los alquileres. Lo que no ves es el documento donde se le sugería recordar que se rechazaron 2.124 millones de condonación de deuda o repetir la idea de que “los servicios son peores y más caros”.
No es solo marketing. Es teatro emocional con libreto político y público desinformado sobre quién paga la función.
Sería ingenuo pensar que esto es un problema de un solo partido. La innovación política en redes lleva años explorando esta frontera: bots de opinión, granjas de contenido, cuentas falsas, campañas negras. Lo inquietante del caso de los ciberfontaneros es que ya no hablamos solo de perfiles anónimos, sino de rostros conocidos que prestan su voz y su biografía a cambio de un precio por impacto.
La pregunta no es si los partidos tienen derecho a hacer campaña en redes. La pregunta es cómo. Y a partir de qué punto la innovación en comunicación se convierte en intoxicación deliberada del debate público.
En un entorno donde:
- Cada vez más jóvenes se informan casi exclusivamente a través de TikTok, Instagram o directos.
- La línea entre entretenimiento, opinión y noticia es borrosa.
- La figura del influencer sustituye, en muchos casos, a la de los medios tradicionales como referencia.
Pagar para que un creador diga lo que tú quieres, pero parezca que lo dice porque “lo siente”, ya no es solo una estrategia agresiva. Es jugar con el corazón mismo de la confianza digital.
¿Y los influencers? El precio de vender tu voz
Hay otra cara de esta historia que incomoda todavía más: la de quien acepta el trato.
No hablamos de contratos claros, publicitados, donde un creador anuncia abiertamente que colabora con una campaña. Hablamos de:
- Acuerdos privados.
- Guiones recibidos por correo o mensaje.
- Instrucciones para camuflar la intencionalidad política.
El influencer que entra en este juego no solo cobra por su alcance. Cobra por su autoridad moral percibida. Su comunidad no lo vive como “otro anuncio más”, sino como “lo que piensa Fulanito, que siempre dice las cosas claras”.
Cuando el incentivo es un euro por seguidor, ¿qué se está comprando exactamente? No solo impacto cuantitativo. Se está comprando algo mucho más delicado: la capacidad de arrastrar percepciones sin que el público pueda activar sus defensas críticas.
La pregunta que cualquier creador debería hacerse antes de aceptar una oferta así es brutalmente simple:
- Si mi audiencia supiera que este vídeo está guionizado y pagado por un partido concreto,
- ¿me seguirían viendo como una voz honesta?
- ¿O sentirían que he convertido nuestra relación en un contrato encubierto?
El ciudadano en medio: cuando tu criterio es el producto
En todo este entramado, la pieza más vulnerable eres tú. No porque seas ingenuo, sino porque el modelo entero está diseñado para que no puedas saber con certeza quién está detrás de cada mensaje.
La innovación política y tecnológica ha logrado algo que los viejos propagandistas solo podían soñar:
- Mensajes personalizados a tu contexto, tu edad, tu barrio.
- Voces que te “hablan de tú a tú”, desde tu mismo código cultural.
- Un bombardeo suave, emocional, que no parece propaganda, sino conversación.
La consecuencia es que tu criterio se convierte en un campo de batalla silencioso. No ves carteles enfrentados, ves vídeos “naturales”. No escuchas al portavoz del partido, escuchas a alguien que “se parece a ti”.
Y mientras debates con amigos sobre si Azcón gestiona bien o mal, o si la sanidad aragonesa funciona, lo haces sin saber cuántas de las piezas que te han ayudado a formarte esa opinión eran, en realidad, ladrillos colocados por una campaña cuidadosamente orquestada.
¿Es inevitable esta deriva? No. Pero requiere algo que incomoda a muchos actores: reglas claras y transparencia radical.
Hay medidas mínimas que podrían marcar la diferencia:
- Obligatoriedad de etiquetar cualquier contenido político pagado, sea cual sea el intermediario.
- Registros públicos de inversión en campañas digitales, detallando no solo el volumen, sino el tipo de acciones.
- Códigos deontológicos para influencers y medios, donde se distinga claramente entre opinión, información y publicidad política.
- Educación digital crítica, que incluya aprender a preguntar siempre: “¿Quién gana si yo pienso esto?”.
La innovación en comunicación política no es mala en sí misma. Puede servir para acercar los debates a públicos que la política tradicional ha ignorado. El problema surge cuando se usa para disfrazar la intencionalidad y convertir la arena pública en un teatro de sombras en el que ya no sabes quién sujeta los hilos.
TecFuturo, tú y el próximo vídeo que veas
Este artículo no pretende señalar a un solo partido como villano definitivo. Sería ingenuo. Lo que busca es algo mucho más ambicioso: invitarte a encender la luz en un ecosistema donde demasiados prefieren operar a oscuras.
La próxima vez que veas un vídeo viral sobre la gestión de tu comunidad autónoma, de tu ayuntamiento o de La Moncloa:
- Pregunta si hay algo demasiado bien encajado en el relato como para ser casual.
- Observa si el creador repite marcos y frases que parecen sacados de un argumentario.
- Pregúntate si esa indignación te lleva a pensar… o solo a compartir sin reflexionar.
La batalla por el voto ya no se libra solo en las urnas, ni siquiera en los telediarios. Se libra en tus suscripciones, en tus “me gusta”, en las cuentas a las que decides creer.
Los ciberfontaneros lo saben y han aprendido a abrir y cerrar el grifo de la opinión pública por un euro el seguidor. La verdadera innovación será el día en que exijamos que la política digital deje de tratar al ciudadano como un dato que se explota y vuelva a verlo como lo que siempre debería haber sido: alguien lo bastante adulto como para saber quién le habla, para qué y a cambio de qué.
