La luz de la pantalla es lo único que ilumina la habitación. Son las once de la noche en un barrio tranquilo de Madrid. Elena —nombre ficticio para una herida muy real— respira hondo, buscando un alivio que la medicina tradicional y la psicología no han sabido darle. En su muro de Facebook, un anuncio prometía lo que ella necesitaba: «Limpia espiritual: elimina las energías negativas que bloquean tu felicidad».
Elena tiene 42 años, una carrera sólida y una inteligencia aguda. Pero el dolor no entiende de currículums. La vulnerabilidad es una puerta abierta que, a veces, solo necesita un empujón digital. Lo que Elena no sabía, mientras ajustaba la cámara de su móvil para iniciar una videollamada de WhatsApp, es que al otro lado no había un guía esotérico, sino un depredador del siglo XXI. Un ingeniero del miedo que no buscaba sanar su espíritu, sino secuestrar su intimidad.
Esta es la crónica de una nueva y oscura modalidad de ciberdelito que está desolando vidas bajo el disfraz de la fe: la sextorsión espiritual.
El engaño: la liturgia de la confianza
El proceso es casi hipnótico. El agresor, identificado en la denuncia judicial como ABG, despliega una narrativa de falsa empatía. No pide imágenes sexuales de entrada; eso rompería el hechizo. Pide «apertura». Habla de «flujos energéticos», de «nudos en el aura» y de la necesidad de «exponerse ante la luz del universo» para que el ritual funcione.
Para Elena, el ritual exigía que se despojara de sus prendas en la intimidad de su dormitorio. El «chamán» aseguraba que la cámara era solo un canal para ver la «vibración de su piel». En ese momento, la tecnología se convierte en un arma de doble filo. La videollamada, que nos acerca a los seres queridos, se transforma en el ojo de un mirón que graba cada segundo con la precisión de un cirujano.
El clímax del ritual llega y la conexión se corta. El alivio espiritual dura apenas unos segundos. Entonces, el teléfono vibra de nuevo. Ya no es una invitación a la paz. Es un fotograma de su propio cuerpo desnudo, acompañado de un mensaje que hiela la sangre: «Si no pagas ahora mismo, esto lo verán todos tus contactos».
El caso de Elena no es un incidente aislado, sino parte de una tendencia al alza que los peritos de la ANTPJI están documentando con alarma. Solo unas semanas antes, en Castellón, una enfermera de 41 años caía en la misma red. El pretexto fue un «baño de florecimiento». La mecánica, idéntica: un anuncio en redes, una promesa de liberación y el uso de Bizum para el pago inicial de 300 euros.
La víctima de Castellón fue instruida para realizar el ritual en su propia ducha. «Es para cerrar el ciclo energético», le dijeron. Ella, convencida de que estaba en una sesión privada de sanación, aceptó. Pero tras el baño vino el barro. Las amenazas de difusión fueron inmediatas. El acoso, orquestado desde números extranjeros para dificultar el rastreo, la llevó a pagar otros 300 euros en un intento desesperado por comprar su privacidad. Pero el chantajista nunca tiene suficiente. El silencio no tiene precio, porque una vez que entregas el primer euro, le entregas también el control de tu vida.
¿Quién se esconde tras estos perfiles? A menudo imaginamos a un hacker con capucha en un sótano oscuro, pero la realidad es más banal y, por ello, más peligrosa. Son expertos en ingeniería social. Estudian los perfiles de sus víctimas, detectan momentos de crisis —divorcios, duelos, pérdidas laborales— y ofrecen la solución mágica.
Utilizan plataformas comunes como WhatsApp o Zoom porque generan una falsa sensación de seguridad doméstica. Al estar en nuestra casa, bajamos la guardia. El ciberdelincuente sabe que la vergüenza es su mejor aliada. Juegan con el estigma social: ¿Cómo va a explicar una enfermera o una profesional de 42 años que se desnudó ante un desconocido para una limpieza espiritual? Esa pregunta es la que mantiene a las víctimas en silencio, alimentando la impunidad del agresor.
El informe pericial: el escudo del siglo XXI
Cuando la víctima de Castellón sintió que no podía más, tomó una decisión valiente: buscó ayuda profesional. Fue entonces cuando entró en juego la pericia tecnológica. Los expertos de la ANTPJI no solo escucharon su historia; diseccionaron el rastro digital del extorsionador.
Un informe pericial informático es, hoy en día, tan crucial como una prueba de ADN en un laboratorio forense. Se analizaron las trazas de Bizum, las direcciones IP ocultas tras los mensajes y los metadatos de las capturas de pantalla. Con esta «armadura digital» bajo el brazo, la víctima acudió a comisaría. La diferencia fue radical. Ya no era solo su palabra contra un perfil anónimo; era una evidencia técnica irrefutable.
En menos de 24 horas, el agresor fue detenido. El delito de extorsión sexual tiene penas graves, pero el daño emocional a menudo tarda mucho más en sanar. La detección temprana y la denuncia son las únicas herramientas para romper el ciclo.
Concienciación: el riesgo del sexting y la falsa espiritualidad
Desde la ANTPJI se lanza una alerta contundente: la sextorsión no siempre empieza con una intención sexual. El «sexting» —el envío de contenido íntimo consensuado— es una práctica privada, pero en manos de terceros se convierte en una granada de mano.
La innovación debe ir acompañada de una educación en la sospecha. Debemos entender que:
- La espiritualidad no requiere desnudez ante una cámara. Ningún guía legítimo solicitará jamás que una persona se exponga físicamente a través de una videollamada.
- La cámara siempre está grabando. Si está en internet, deja de ser privado. Cualquier imagen que pase por una lente digital puede ser almacenada, replicada y difundida en cuestión de segundos.
- El chantaje no se detiene con el pago. Pagar es financiar el siguiente ataque. La única salida es el bloqueo y la denuncia técnica.
Hablamos de innovación en tecfuturo.es, pero la mayor innovación que podemos implementar es la de la autodefensa digital y la empatía. Si conoces a alguien que está pasando por un momento de vulnerabilidad, adviértele. La soledad es el campo de cultivo de estos estafadores.
Elena, hoy, cuenta con medidas de protección judicial. Su agresor espera juicio. Pero el miedo a que ese vídeo aparezca en algún rincón de la red persiste. No permitamos que la tecnología, que nació para conectarnos y expandir nuestro conocimiento, se convierta en la celda de nuestra dignidad.
La red no olvida, pero la justicia digital, cuando se apoya en la pericia correcta, actúa. No estás sola. No es tu culpa haber confiado. El único culpable es quien usa tu fe para intentar quebrar tu vida. Si estás siendo víctima de un chantaje, no borres nada. Ese rastro de odio es la prueba que los llevará a la cárcel. Apaga la cámara, busca a los expertos y recupera tu alma. Tu intimidad no tiene precio, y tu libertad, tampoco.
GUÍA DE PRIMEROS AUXILIOS DIGITALES: QUÉ HACER SI INTENTAN SECUESTRAR TU INTIMIDAD
Si después de una videollamada, un ritual o un intercambio de mensajes, empiezas a recibir amenazas con la difusión de tus imágenes, el pánico será tu primer impulso. Detente. El extorsionador cuenta con tu desesperación para nublar tu juicio. Sigue estos pasos técnicos y legales para retomar el control:
NO PAGUES NUNCA
El pago no es el fin del chantaje, es la confirmación de que eres una «fuente de ingresos» rentable. Si pagas una vez, te pedirán más. Si pagas con silencio, te pedirán dinero. Si pagas con dinero, te pedirán más imágenes. Rompe la cadena desde el primer segundo.
NO BORRES NADA (Preserva la prueba)
Tu instinto será borrar los mensajes y las fotos por vergüenza. Es un error crítico. Esos mensajes son la prueba del delito.
- Haz capturas de pantalla de las amenazas.
- No bloquees el contacto inmediatamente sin antes anotar el número de teléfono, el ID de usuario y el enlace al perfil social.
- No borres los justificantes de pago si ya realizaste algún envío por Bizum o transferencia.
CORTA LA COMUNICACIÓN
Una vez que hayas hecho las capturas de pantalla, deja de responder. No supliques, no intentes convencer al extorsionador y no le amenaces con la policía (esto último podría precipitar la difusión). Simplemente, haz el «vacío digital».
ACTIVA EL «ESCUDO DE PRIVACIDAD»
- Pon todas tus redes sociales en modo privado de inmediato.
- Cambia las contraseñas de tus cuentas principales.
- Configura Google Alerts con tu nombre completo para monitorizar si algún contenido es indexado por el buscador (aunque la mayoría de estos delincuentes operan por canales privados).
BUSCA PERITAJE PROFESIONAL Y DENUNCIA
Acude a expertos como los de la ANTPJI para que elaboren un informe pericial informático. Un pantallazo puede ser manipulable; un informe técnico con trazabilidad de IP y metadatos es una prueba irrefutable ante un juez. Con ese informe, ve a la Policía Nacional o Guardia Civil.
CANAL PRIORITARIO DE LA AGENCIA DE PROTECCIÓN DE DATOS (AEPD)
Si las imágenes ya han sido publicadas, España cuenta con una herramienta excepcional: el Canal Prioritario de la AEPD. Puedes solicitar la retirada urgente de contenidos sexuales o violentos publicados en internet sin tu consentimiento. Actúan con rapidez para eliminar el rastro digital de la agresión.
RECUERDA: La sextorsión es un delito de cobardes que se alimentan del secreto. En el momento en que profesionalizas la respuesta y acudes a las autoridades, el extorsionador pierde todo su poder. Tu dignidad es innegociable.
¿Te ha ocurrido algo similar o conoces a alguien en esta situación? No esperes. El primer paso para detener la extorsión es romper el silencio.
