Más allá de los ataques cinéticos —explosiones, bombardeos, sobrevuelo de aeronaves y fuerzas especiales— la posibilidad de que un ciberataque haya acompañado o precipitado aspectos de este operativo se ha planteado públicamente en algunos análisis periodísticos y de ciberseguridad, aunque no existe confirmación oficial de un hackeo masivo como parte de la operación militar.
Lo que sí es real es que los conflictos modernos suelen integrar componentes digitales. Ejemplos recientes como el caso documentado por la firma Mandiant, donde fuerzas rusas manipularon interruptores automáticos en una subestación eléctrica de Ucrania para amplificar el impacto de ataques físicos, muestran que las fronteras entre lo digital y lo militar se han vuelto difusas. Este tipo de acciones requieren altos niveles de coordinación técnica y planificación estratégica.
Por eso, en un contexto como el venezolano, no es descartable que aspectos de la infraestructura crítica —como sistemas energéticos o comunicaciones— hayan sido objeto de esfuerzos paralelos de ciberinteligencia que facilitaron o acompañaron la operación física. Sin embargo, no hay evidencia pública verificable de un hackeo masivo que haya sido oficialmente confirmado como parte integral de la acción militar.
El uso de redes sociales y tecnologías avanzadas como la inteligencia artificial en la difusión de imágenes y videos generó una oleada de contenido mezclado entre lo verdadero y lo falso tras la operación. Plataformas digitales se inundaron de imágenes generadas por IA que mal interpretaban o exageraban hechos, algo que organizaciones verificadoras detectaron y catalogaron como desinformación.
Algunas de las afirmaciones virales incluyeron escenas que supuestamente mostraban celebraciones en Caracas tras la captura de Maduro, o detonaciones específicas en ciertos edificios, pero muchas de estas imágenes y videos se identificaron como producidos con inteligencia artificial o reutilizados fuera de contexto.
Este fenómeno no es nuevo: en situaciones de alta tensión geopolítica, las campañas de desinformación y la proliferación de contenidos manipulados complican la tarea de distinguir entre lo que realmente sucedió y lo que se viraliza sin fundamento. El resultado es una narrativa pública fragmentada, donde los hechos verificables quedan mezclados con especulaciones y montajes, y el público lucha por identificar qué es real.
El papel de Estados Unidos y la ciberguerra como concepto
Expertos en seguridad nacional han señalado que operaciones como la descrita encajan en parte con los mandatos de comandos cibernéticos y agencias de inteligencia que buscan explotar tanto capacidades físicas como digitales para lograr objetivos estratégicos. El control de sistemas energéticos, infraestructuras críticas y comunicaciones se ha convertido en un elemento central de todo conflicto contemporáneo, donde las operaciones informáticas complementan las maniobras militares tradicionales.
Sin embargo, el uso de la ciberguerra en un contexto tan sensible también plantea preguntas sobre soberanía nacional, protección de datos de civiles y responsabilidades éticas y jurídicas. A diferencia de las acciones militares abiertamente declaradas, las operaciones digitales tienden a permanecer en zonas grises, donde la atribución y la transparencia son difíciles de aplicar.
Ciberguerra y conflictos reales
La intersección entre ataques digitales y operaciones físicas no es exclusivo de este caso. Conflictos recientes han demostrado cómo la manipulación de redes eléctricas, sistemas de control industrial o infraestructura digital puede preceder o acompañar movimientos militares para maximizar el impacto. Sin embargo, la coordinación entre ataques cinéticos y cibernéticos es compleja y difícil de traducir en resultados predecibles, como se ha visto en la guerra en Ucrania, donde no siempre las acciones digitales produjeron consecuencias físicas claras y directas.
Esto no significa que la ciberguerra sea teórica; significa que su integración en operaciones armadas reales requiere niveles extremos de planificación, sincronización e inteligencia.
PDVSA y los ataques previos
Semanas antes de los eventos en Caracas, la petrolera estatal venezolana PDVSA denunció haber sufrido un ciberataque que paralizó parte de su infraestructura de petróleo y gas. La compañía calificó el incidente como parte de una estrategia extranjera para hacerse con el control de recursos energéticos mediante “fuerza o piratería”.
Este tipo de denuncias reflejan que, incluso fuera de grandes operaciones militares, las infraestructuras críticas pueden ser objetivos persistentes de actores externos interesados en desestabilizar, extraer datos o interferir en sistemas clave.
La acumulación de estos eventos sugiere que la seguridad digital y la física ya no pueden pensarse por separado.
El nuevo escenario global
A medida que el mundo se digitaliza y las infraestructuras se vuelven más interdependientes, los conflictos del siglo XXI combinan elementos físicos, digitales, informacionales y psicológicos. La historia de la operación que terminó con la captura de Maduro (confirmada en su resultado por múltiples agencias de noticias y documentos oficiales) representa una convergencia de estos factores, donde la tecnología, la estrategia militar y la comunicación se entrelazan de formas nunca vistas antes en América Latina.
Esto obliga a gobiernos, empresas y ciudadanos a replantear cómo se entiende la seguridad nacional, la protección de datos y la resiliencia frente a amenazas híbridas.
Cualquier análisis serio de este tipo de eventos debe separar cuidadosamente lo que está verificado de lo que circula como especulación o desinformación. La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses durante un operativo combinado ha sido documentada por agencias internacionales, y los detalles sobre vuelos, explosiones y resultados son parte de ese registro.
Lo que permanece menos claro —y sujeto a análisis y escrutinio— es el papel preciso que la ciberguerra pudo haber jugado en la operación, y hasta dónde las acciones digitales contribuyeron a los resultados físicos.
Lo seguro es que, en un mundo hiperconectado, ningún conflicto serio en el futuro se librará sin considerar el dominio digital como campo de batalla estratégico.
