jueves, mayo 14, 2026
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El mercado de la solapa: cuando la medalla cuesta más que el mérito

David.arcos
David.arcos
Perito Informático Judicial
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Hay un negocio en España que crece en silencio, con música de gala, fotos de etiqueta y diplomas enmarcados. No vende tecnología. No investiga delitos. No forma peritos. Vende algo mucho más rentable y mucho más frágil: la ilusión de haber llegado.

Bienvenido al mercado de los honores prefabricados.

La mina de oro que nadie nombra

En el ecosistema del peritaje informático y la ciberseguridad ha emergido un fenómeno tan brillante como hueco: la inflación de los metales. Asociaciones que funcionan más como clubes de influencia que como entidades técnicas han descubierto algo que los economistas llaman un blue ocean — un mercado sin competencia porque nadie más se ha atrevido a explotar la vanidad profesional con tanta eficiencia.

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El modelo es de una elegancia diabólica. Identificas a profesionales con hambre de reconocimiento. Les ofreces una distinción con nombre pomposo — Caballero de la Red, Mérito en Ciberdefensa, Cruz al Talento Tecnológico. Buscas un salón institucional cedido gratuitamente gracias a convenios firmados con organismos ansiosos de foto. Organizas el acto. Y cobras la «tasa de expedición».

El coste de producción real de la medalla: menos de veinte euros en zamak bañado en oro.

El precio de mercado: cifras que multiplican ese valor por diez, camufladas en conceptos administrativos que suenan a trámite, pero huelen a margen.

El negocio descansa sobre tres pilares que se sostienen mutuamente con la solidez de una casa de naipes bien construida.

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El primero es el galardón como producto estrella. Una gala anual con cincuenta premiados a doscientos euros por distinción genera una inyección de liquidez inmediata con inversión mínima. Si el año fue bueno, son cien premiados. Si fue excelente, la distinción se divide en categorías nuevas para ampliar el aforo de la cena sin que nadie note que el tamiz se ha vuelto invisible.

El segundo es el patrocinio de marca. Con cientos de asociados en la lista — aunque sean inactivos técnicamente — se puede vender «alcance» a empresas de software y ciberseguridad. Ponen su logo en el evento, dan una charla, financian parte de la logística y se llevan la foto con el director general luciendo medalla. Todos contentos. Nadie pregunta por los resultados.

El tercero es el networking institucional. La actividad central no es la formación ni la investigación: es las relaciones públicas. Convenios firmados con universidades, colegios profesionales y administraciones públicas que en muchos casos son vacíos de contenido práctico pero cargados de valor simbólico. Cada firma es una foto. Cada foto es una pantalla. Cada pantalla oculta que detrás no hay laboratorio, no hay doctrina técnica, no hay nada que un juez pueda verificar.

Aquí está la trampa que el modelo lleva dentro como una bomba de relojería.

Cuando la medalla es el producto principal, la asociación necesita vender más medallas para sobrevivir. Cuando vende más medallas, la distinción pierde valor. Cuando pierde valor, necesita vender aún más para compensar. Es un espiral de devaluación que tiene un único destino: el momento en que «todo el mundo» tiene la medalla de Ciberdefensa y el valor pericial de esa condecoración ante un juez o en un currículum es exactamente cero.

No es una hipótesis. Es matemática básica aplicada a la exclusividad.

La distinción que en su primera edición podría haber tenido cierto peso se convierte, en su quinta edición y con trescientos premiados acumulados, en merchandising de solapa. Un accesorio de imagen que satisface la necesidad de reconocimiento a corto plazo y contamina la credibilidad a largo.

Para un perito judicial, la credibilidad no es un activo complementario. Es el único activo que importa.

Cuando un profesional comparece a ratificar su dictamen y despliega en el currículum una hilera de condecoraciones que no corresponden a hitos técnicos verificables ni a servicios reales prestados, no está reforzando su autoridad. Está cargando un arma que el letrado contrario puede usar contra él.

La parte contraria, cada vez más formada en estas cuestiones, no tarda en identificar las asociaciones de conveniencia. Un fiscal hábil o un abogado que haya hecho sus deberes puede desmontar la autoridad de un perito con una pregunta aparentemente inocente: ¿Puede explicar al tribunal qué actividad técnica concreta realizó usted para merecer esta distinción?

Si la respuesta honesta es «asistí a una cena y pagé la tasa de expedición», la medalla ha dejado de ser un escudo para convertirse en una diana.

Mientras todo esto ocurre en los salones de gala, el trabajo real del peritaje tiene lugar en escenarios mucho menos fotogénicos.

El verdadero prestigio se forja cuando un perito documenta un terminal móvil bajo la mirada de un notario, sin margen de error ni posibilidad de repetición. Se construye cuando se rastrea una cadena de correos certificando cada cabecera SMTP para que no haya fisura legal que pueda explotar el letrado contrario. Se gana caso a caso, ratificación a ratificación, en la sala donde no hay aplausos ni flashes.

Un informe pericial que resiste la impugnación y gana un caso complejo es la mejor medalla que un profesional puede lucir. No requiere tasa de expedición. No se devalúa con el volumen. Y no necesita salón institucional para brillar.

Tres preguntas de higiene profesional

Antes de aceptar o solicitar cualquier distinción que requiera un desembolso económico significativo, hay tres preguntas que un profesional con criterio debería hacerse.

La primera: ¿qué actividad técnica o docente real realiza la asociación que me premia? No qué convenios ha firmado ni a cuántas galas ha asistido. Actividad técnica real: formación, doctrina, defensa de los intereses del colectivo, herramientas.

La segunda: ¿a cuántas personas se ha otorgado esta misma distinción en el último año? La exclusividad no es un capricho de la vanidad. Es la base matemática del valor.

La tercera, y la más importante: ¿soportaría este mérito un interrogatorio agresivo en una vista judicial sin que mi credibilidad se viera afectada? Si la respuesta genera dudas, la medalla es un riesgo, no un activo.

La ciberseguridad es una disciplina de resultados. En un momento en que el cibercrimen profesionalizado pone en jaque a empresas, administraciones e infraestructuras críticas, no hay sitio para la cosmética.

El mercado de la solapa puede ser rentable a corto plazo para quien lo gestiona. Es una vía muerta para quien busca la excelencia. Y es un riesgo activo para quien lo consume sin hacer las preguntas correctas.

Una asociación que se respete a sí misma y al colectivo que representa debe ser medida por una sola vara: ¿protege al perito cuando lo necesita? ¿Le da herramientas para trabajar mejor? ¿Genera doctrina que resista el escrutinio judicial?

Si la respuesta a esas tres preguntas es sí, la asociación vale su cuota, valga lo que valga.

Si la respuesta es que organiza una cena muy bonita, la pregunta es quién paga realmente la factura.

En el peritaje, como en cualquier disciplina que se mide por resultados, lo que no tiene base técnica termina por desmoronarse. La cuestión no es si ocurrirá. La cuestión es cuándo.

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